Ella tenía 91 años, yo 24. Desde que nos vimos la primera vez ambas supimos que nos íbamos a regalar momentos maravillosos, de esos que se van quedando en el corazón, de esos que marcan una vida para siempre. Junto a ella y gracias a ella descubrí lo más bonito que tiene mi trabajo, y a cambio y agradecida la prometí acabar de estudiar.
Cuando iba cada sábado por la mañana a su casa ella estaba dormida, esperando mi beso de buenos días para dedicarme tras él su primera sonrisa del día. A partir de ese momento no importaba si yo tenía un mal día, si tenía problemas personales, si estaba enferma o si no había descansado bien esa noche. Todo pasaba a un segundo plano. Todo lo que yo hacía estaba bien porque ella creía en mí, y lo más importante de todo, me enseñó a creer a mí. Con ella no solamente pude poner en práctica mis conocimientos en atención geriátrica, ella me enseñó algo que no enseña ningún curso, me enseñó a trabajar amando mi trabajo. Pocas veces he salido a mi hora porque no miraba el reloj, desde que entraba TODO lo que estaba en mi cabeza era atenderla como ella necesitaba, y hasta que yo no me quedaba conforme no me iba a mi casa. Ella, muy bien de la cabeza agradecía cada minuto mío tratándome con cariño y con palabras bonitas hacía mí.
Un martes me despertó el teléfono, ella estaba en urgencias esperando a que la UVI móvil la trasladara al hospital. Por suerte, llegué a tiempo a verla antes de que se la llevasen. El mes que estuvo ingresada me lo pase en autobuses y en el hospital, yendo a verla, quedándome a cuidarla, acompañándola, haciéndola sentir como me había hecho sentir ella a mí cuando estaba en su casa, querida. La vi mejorar, y también empeorar en muy poco tiempo, pero la vi, porque ese era mi lugar, el lugar que ella tenía que tener. Nunca había pasado ninguna noche en el hospital, pero no dudé ni un momento en experimentar lo que era amanecer en un sillón pendiente de cada movimiento que hacía. No lo dudé porque tampoco dudé de que ella con su mirada me lo estaba pidiendo, que ella me necesitaba. Cumplió los 92 años en el hospital, y yo desde aquí lloré como una niña pequeña cuando su hija me dijo que sonreía al escuchar mi voz al otro lado del teléfono cantándola el cumpleaños feliz y diciéndola que al día siguiente iría a verla. Un viernes por la mañana estando yo allí, pasó el médico a verla y nos dio la noticia más esperada por todos los que la queríamos. Nos íbamos a casa, a su nueva casa. Mi mano y la suya fueron solo una desde que comenzó el traslado, haciéndola sentir que todo estaba bien, sin soltarnos entramos a la residencia donde yo ya había trabajado. A partir de ese momento comenzó a costarme cada día más salir de la habitación 25. Justo un mes después de haber llegado junto a mí al que sería su nuevo hogar, nos dejó. El día anterior me había ido a casa con el corazón hecho pedazos sabiendo que esa era la última vez, la última vez que podría decirla "Te quiero" , y así sucedió. Desde el 29 de diciembre del año pasado, se quedó en mi corazón, para seguir siempre junto a mí, para darme fuerzas y para acompañarme en mis nuevas experiencias, laborales y personales. Hoy, la estoy cumpliendo una promesa... estoy acabando de estudiar lo más bonito del mundo, y lo estoy haciendo disfrutando también de las pequeñas cosas de la vida como ella me enseñó. ¡Qué orgullosa me ha hecho estar de mi trabajo, y cuánto me ha hecho sentir!
Felicidades por este nuevo proyecto mi niña, el mundo bloguers es muy gratificante, mas cuando te das cuenta que tus palabras llegan a lis corazones de mucha gente. Esta historia es preciosa, que orgullosa estoy de ti, si necesitas algo ya sabes que puedes contar conmigo. Un besazo muy grande !! Mariela
ResponderEliminarMuchas gracias por tu bienvenida cariño! Qué ilusión un primer mensaje y que sea tuyo! mil gracias por todo amiga! Un gran abrazo!
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